La Feria por Sr. López: “Del Cielo al Infierno”

Foto: AFP

La desafiante perseverancia antagonista de Andrés Manuel López Obrador, no era suficiente para derrotar políticamente a los grupos de poder predominantes en México (nacionales y extranjeros). Su mucho oficio en esas lides junto con la evidencia de que la edad, su edad, lo derrotaría definitivamente, lo hizo matizar explícitamente sus radicales posturas; la imagen de un Cuauhtémoc Cárdenas envejecido y arrumbado, debe haberle quitado el sueño: él no sería el siguiente tótem del panteón opositor a nombre de la coherencia ética.

La circunstancia, el momento, le eran inmejorablemente favorables: el enorme y justificado descrédito de gobiernos y partidos; el desaliento, si no ira, del común de las personas hartas de corrupción (real y ficticia), de la insultante exhibición de la delirante -y no tan raras veces mal habida-, riqueza de los menos, frente a la desesperanzada pobreza de los más; el tambaleante prestigio de instituciones autónomas y organismos ciudadanos; junto con el temor de las élites al incendio social; todo le favorecía a condición de asegurar la continuación del modelo económico: lo hizo, pregonando a los cuatro vientos una peculiar izquierda garante de los intereses del gran capital global y doméstico (en la más libre y fétida acepción del ‘garantismo’, con disculpas de don Luigi Ferrajoli, que no se inventa uno nada).

Por eso el 7 de mayo de este año, fue la reunión de AMLO con Larry Fink, presidente ejecutivo de BlackRock, de la que “ambos salieron encantados” (a decir de Carlos Urzúa, predesignado secretario de Hacienda del próximo gobierno, presente en la reunión de una hora). AMLO le aseguró el “estado de derecho” en caso de triunfar en las elecciones y eso, en los oídos de don Fink, fue equivalente a ratificar el estado de sus derechos de él y los inmensos intereses que representa.

BlackRock es la empresa de gestión de activos más grande del mundo; para que le calcule: si fuera país, sería la cuarta economía del mundo, de ese calibre; en México es propietaria de la totalidad de la cartera de inversión de Citibanamex -34 mil millones de dólares-; es la inversionista más grande de la Bolsa Mexicana de Valores, con acciones de 69 empresas; y tiene el control directo e indirecto en cinco proyectos de infraestructura energética y seis bloques de exploración petrolera.

Como es bien sabido, AMLO arrasó en las elecciones del 1 de julio, pasando sin darse cuenta, de líder político del país a responsable político del país, en su calidad de Presidente electo y ante la casi total parálisis de Peña Nieto quien le cedió los trastos antes de que saliera el toro. Y eso a AMLO le encanta.

Es obvio que AMLO no asimila su inobjetable victoria electoral. Él sigue en el éxtasis del momento en que se dio cuenta que ya había ganado, que lo imposible ya era realidad. Imagine que usted está viendo el concurso del Melate con su volante en la mano, imagine que dicen el primer número y es el suyo, que siguen coincidiendo el segundo, tercero, cuarto, quinto y… ahora imagine qué sentiría al escuchar que también el sexto número usted lo puso y que anuncian UN solo ganador. Usted, de repente, se da cuenta que acaba de ganar, por ejemplo, 280 millones de pesos, piense en el remolino que se le armaría en la cabeza, en el sentimiento de incrédulo gusto, los brincos, los abrazos de los suyos, los gritos de alegría, las hincadas agradeciendo a Dios, los besos a su imagen de la Guadalupana… un ser humano estándar, tarda unas horas o hasta unos días en asimilar tal cosa. Bueno, pues AMLO está en ese éxtasis, en ese intenso espasmo desde el 1 de julio. No se ha vuelto loco nomás porque debe tener Kola Loka en las neuronas, verdad de Dios.

AMLO no se ha dado respiro ni tiempo para reflexionar. Lo suyo es acaparar el reflector, traer como prótesis bucal el micrófono. Es un político natural, percibe a la gente, sabe que está en la punta del pico más alto de la popularidad. La encuesta de El Universal de agosto le asignó el 64% de aceptación popular.

Centenares de declaraciones después, con varias metidas de pata de la Antología Universal de la Estupidez y algunos escándalos como el peculiar Fideicomiso para Damnificados, los nombramientos de Bartlett en CFE y de un ganadero -Octavio Romero-, para Pemex, calificar de “guaruras” a los militares del Estado Mayor, la boda imperial de su cercanísimo, César Yáñez, por mencionar algunos… y la encuesta del 24 de octubre lo presenta más arriba aún, con 75.2% de aprobación de los tenochcas simplex, que todo le celebran, encantados (ellos sí), de la travesura que saben le hicieron a los exquisitos de la planta ‘pent house’ del país. ¡Qué bonita es la venganza cuando Dios nos la concede!

Populista o no, a él todo le viene guango, trae cuatro ases y comodín en la mano. Por eso su seguridad al imponer la consulta popular sobre lo del aeropuerto, mal organizada a modo, sostenida con mentiras evidentes, y AMLO no se inmuta ni deja de sonreír, afirmando sin sostén que “no pasa nada”.

Sí, pero los grandes capitales no reaccionan así. Algo de él no les ha gustado, por eso la Fitch Ratings calificó a la baja la deuda de Pemex, lo que es un campanazo de alerta (no para AMLO, recuerde “no pasa nada”). Por eso o quién sabe si por otra cosa,  en agosto pasado, Axel Christensen estratega de la BlackRock, presentó a Santander Private Banking un informe (Deep Dive in the 2018 Mexican Election), en el que pronostica que para el 2020, la política económica de AMLO provocará una “espiral inflacionaria con unos niveles de deuda preocupantes” (nota de Lourdes Mendoza, El Financiero, 9 de agosto de 2018).

Pero, igual, nada le mueve el copete a AMLO, sabedor de que la gente todo le pasa, todo le acepta… hasta que no, porque el problema de pegar con saliva los ladrillos es que cuando se seca la saliva, se cae la barda. Y los populistas o populares, para no calificarlo así nomás, pasan sin anestesia ni de héroes a villanos, directo sin paradas, del Cielo al Infierno.

Es obvio que AMLO no asimila su inobjetable victoria electoral. Él sigue en el éxtasis del momento en que se dio cuenta que ya había ganado, que lo imposible ya era realidad.

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