Estrés crónico: cómo debilita tus defensas y te hace más vulnerable a enfermedades

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El estrés es una respuesta natural del organismo ante situaciones que percibe como desafiantes o amenazantes. En pequeñas dosis, puede ser beneficioso, ya que activa mecanismos de defensa y adaptación. Sin embargo, cuando se prolonga en el tiempo, se convierte en estrés crónico, una condición que puede afectar seriamente la salud física y mental, debilitando de manera significativa el sistema inmunológico.
Qué sucede en el cuerpo durante el estrés prolongado
Cuando una persona experimenta estrés, el cerebro —a través del hipotálamo— activa el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal (HHS), que regula la liberación de hormonas como el cortisol y la adrenalina. Estas sustancias preparan al cuerpo para reaccionar ante el peligro: aumentan el ritmo cardíaco, la presión arterial y los niveles de glucosa en sangre.
Sin embargo, cuando esta respuesta se mantiene activa de manera constante, el exceso de cortisol interfiere con la función normal del sistema inmunitario. Según estudios publicados por el National Institutes of Health (NIH), el cortisol elevado reduce la producción de linfocitos T y B —células encargadas de combatir infecciones— y altera la comunicación entre las células inmunes. Esto provoca que el cuerpo sea más vulnerable a virus, bacterias y procesos inflamatorios.
Impacto del estrés crónico en las defensas del cuerpo
El estrés prolongado afecta múltiples mecanismos del sistema inmunitario:
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Disminución de anticuerpos: se reducen los niveles de inmunoglobulinas, esenciales para neutralizar patógenos.
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Inflamación sostenida: el cuerpo mantiene un estado inflamatorio leve pero constante, que puede contribuir al desarrollo de enfermedades crónicas como diabetes tipo 2, hipertensión o trastornos autoinmunes.
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Retraso en la cicatrización y recuperación: las heridas tardan más en sanar y las infecciones pueden ser más severas o recurrentes.
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Mayor susceptibilidad a resfriados y virus: investigaciones de la American Psychological Association (APA) señalan que las personas con altos niveles de estrés tienen un riesgo significativamente mayor de contraer infecciones respiratorias.
Consecuencias a largo plazo
El debilitamiento inmunológico derivado del estrés crónico no solo incrementa la vulnerabilidad ante infecciones comunes, sino que también puede favorecer la aparición de trastornos autoinmunes, en los cuales el sistema de defensa ataca por error los tejidos del propio organismo.
Asimismo, existe evidencia de que el estrés persistente puede alterar la microbiota intestinal —un componente clave de la inmunidad— y afectar la respuesta a las vacunas, reduciendo su eficacia.
Cómo reducir el impacto del estrés en el sistema inmunológico
Los especialistas recomiendan adoptar estrategias que ayuden a controlar el estrés y restaurar el equilibrio del cuerpo. Entre las más efectivas se encuentran:
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Dormir adecuadamente: el descanso suficiente favorece la regeneración celular y la regulación hormonal.
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Practicar actividad física regular: el ejercicio moderado reduce los niveles de cortisol y libera endorfinas.
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Técnicas de relajación: como la meditación, la respiración consciente o el yoga, que ayudan a disminuir la activación del sistema nervioso simpático.
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Mantener una dieta equilibrada: rica en frutas, verduras, proteínas magras y antioxidantes, que fortalecen las defensas naturales.
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Evitar el consumo excesivo de alcohol, cafeína y tabaco: sustancias que agravan la respuesta al estrés.
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Buscar apoyo psicológico o social: hablar con profesionales o personas de confianza puede reducir la carga emocional.
El estrés crónico no debe considerarse un mal menor. Más allá de su impacto emocional, tiene efectos concretos sobre la salud física y, en especial, sobre el sistema inmunológico. Controlarlo mediante hábitos saludables y apoyo adecuado no solo mejora el bienestar general, sino que fortalece la capacidad del cuerpo para defenderse de enfermedades.



